dilluns, 7 de gener del 2013

Soy tan eficiente que odio los regalos

También existe la eficiencia económica. Y teniéndola en cuenta llegamos rápidamente a la conclusión que los regalos no son para nada eficientemente económicos.

Normalmente un discurso semejante se asocia con la tacañería, pero los que entendemos el fondo de la cuestión no vamos por estos derroteros. Si sé de buen grado que a alguien a quien aprecio le va a encantar y además le va a ser útil un determinado objeto, me sentiré muy feliz de podérselo regalar. Pero no todo es tan senzillo.

Para bien o para mal me han educado en la austeridad. Si hay algo que he necesitado he tenido que tener la idea presente durante meses hasta que se acercaran las Navidades o mi cumpleaños, que se encuentra justo en el otro semestre. Me parece positiva esta manera de proceder, ahora me lo aplico para hacer las compras especiales en estas fechas, que además me coinciden con las pagas extras, cuando las hay. Así me da tiempo a saber si realmente necesito o no lo que me quiero comprar y además puedo estudiar tranquilamente las posibilidades que me ofrece el mercado para comprar aquello que se ajusta más a mí. Gracias a todo este tiempo de meditación muchas veces encuentro la manera de reparar lo que se me ha estropeado o darme cuenta de que no necesito aquello que tanto había anhelado.

¡Menudo trabajo de reflexión realizado durante meses, no! No os extrañaréis, pues, que opine que no hay persona en este mundo que me conozca tanto como para saber realmente aquello que necesito. Algunos de los que me rodean sabrán que me estaba guardando un dinerito para comprarme para reyes (mis reyes son el 7 de enero) una aspiradora. Llevo meses pensando en el modelo que necesito. Si alguien me hubiera regalado otro me hubiera dado un disgusto porque me hace mucha ilusión pensar en todas las prestaciones que tiene mi modelo y no los otros, y si me he de quedar uno inferior a mis exigencias es un fastidio. Muchos podrían pensar que un libro es adecuado para mí, y lo es mucho más que otros objetos, pero teniendo una biblioteca delante de mi casa prefiero pedir allí el libro en cuestión y dedicar el dinero a otros menesteres; así no acumulo inútilmente papel encuadernado en la librería después de leerlo, porque seamos realistas, alguno seguro que ha leído un libro más de una vez, pero eso no es para nada lo usual. Después están los que me compran ropa, complementos o bisutería, pero rara vez coincide con lo que yo me hubiera comprado y entonces pienso en lo mejor invertiditos que estarían esos euritos si cada uno se lo comprase a su gusto.

¡Pero para eso existe el Plan B! - Dicen algunos. - No es la primera vez que a alguien de mis círculos cercanos se les ha caducado esas cajas de vales de regalo. Así que quien quiera darse el capricho de hacerse un masaje, irse a un SPA o perderse un fin de semana que se lo pague cuando lo quiera hacer y evitamos así esas caducidades. Por cierto, a mi nunca se me caducaría, pero como no sé si a quien le voy a regalar le puede pasar, sigo opinando lo de antes.

He pecado, lo confieso. Algo que he hecho muchísimas veces es buscarme un plan para el fin de semana en el que un amigo celebra su cumpleaños. Así tengo la excusa perfecta para no ir. Porque queda fatal que todos le regalen cosas y tu nada y entonces vas a comprar cualquier cosilla que crees que le puede gustar, y claro, no lo acabas de acertar del todo. Y además de no acertar te obligan a pasar por la ansiedad de ir de tiendecitas para encontrar el regalito dichoso. Allí también se nos empieza a juntar con la mala efectividad temporal, o más conocida como mala gestión del tiempo. Por cierto, es penoso que te apetezca estar con tu amigo celebrando su aniversario y por el motivo de los regalitos no puedas estar con él. ¡Menudo lastre!

No siempre estoy en contra de los regalos, pero ha de ser con alguien a quien conozcas mucho y como algo muy especial. ¡Y no tienes porqué estar obligado todos los años!

¡Perdonad, pero alguien lo tenía que decir!

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